viernes, 14 de enero de 2011

Capítulo 45

Matthew se derrumbó en el sofá, sin encender la tele siquiera. Apoyó los pies, aún con los zapatos puestos, sobre la mesita de cristal del salón y dejó que su mirada se perdiera en el techo de la habitación.
            La había dejado en la puerta de su casa tras hacerle comerse el trozo de brownie. Como durante la comida, le había lanzado indirectas, mensajes camuflados en bromas, en un intento de hacerle comprender que la palabra amistad se quedaba corta para describir lo que sentía por ella. Aún así, no había logrado hacérselo ver y estaba frustrado. Se despidieron en el coche con dos besos en la mejilla y en las fracciones de segundo que duró cada besó, contempló la opción de tomarle el rostro entre sus manos y besarla en los labios. Quizás así comprendiera cuánto le importaba, cuánto significaba para él.
            Aunque un poco cabreado, sonrió. Esta chica es de lo que no hay. Con todas las señales que le había mandado, con todo lo que le había dicho, aún no se había dado cuenta de nada. Muchas chicas se hubieran montado una historia tremenda con que él las mirara una sola vez. Pero no cabía duda de que Sienna era especial, igual un poco rara, pero esa rareza era la que la hacía distinta a las demás. Esa rareza fue la que le atrajo desde el primer momento.
            La observó en el avión que aterrizaba en Nueva York mucho antes de que ella se quedara dormida. La vio llegar enfurruñada, con su maleta de mano y un cabreo encima de mil demonios. Ella no le miró ni un segundo. Su guardaespaldas en ese vuelo, un peso pesado japonés, la contempló con temor.
La joven giró la cabeza al sentirse observada y volvió a mirar por la ventana, sin reaccionar de ninguna forma extraña. Matthew recordaba como tuvo que tranquilizar al guardaespaldas con una palmadita en el brazo. La chica no lo había reconocido o tal vez no supiera quién era. No era tan raro, ya que a fin de cuentas sólo era conocido en Estados Unidos y Canadá. El boom Matthew Levine no había llegado a España, y ése había sido uno de los motivos por lo que decidió pasar allí las vacaciones, con sus tíos, alejado de la prensa y del trabajo.
            Durante el largo vuelo, ignoró la película y los coqueteos de la azafata más joven. Se entretuvo vigilándola en silencio, examinando cada uno de sus movimientos. Como fruncía el ceño y apretaba el reproductor de música con fuerza cuando había un pequeño salto en el aire. Como se echaba atrás los mechones de pelo que le caían en la cara después de tantas horas recostada en el sillón de pasajero. Como canturreaba algunas frases de las canciones que escuchaba. Sin duda, era una chica muy guapa.
            Quiso comprobar si ella lo conocía, pero no sabía cómo hacerlo. ¿Y si tiraba algo a sus pies y decía que se le había caído? No, no, eso estaba muy visto. Tal vez podía preguntarle cuánto le habían costado los zapatos, que tenía que comprarle unos a su hermana y le gustaban mucho, aunque igual la pregunta era demasiado indiscreta.
             De repente se encontró junto a ella. Mientras pensaba, sin darse cuenta, se había alejado del japonés, que dormía como un tronco, y había llegado junto a su butaca. Ella no se giró a mirarle. Se sentó a su lado y la miró más detenidamente. Estaba dormida. Después se despertó y comenzaron a hablar. Pese a su malhumor, no parecía ser mala chica y no dejaba de ser una preciosidad. Además, era la primera chica en mucho tiempo con la que hablaba con normalidad, siendo Matthew Andrews y no Matthew Levine.
            Por casualidad, volvieron a encontrarse en el colegio. ¿O debería decir que el destino volvió a unir sus caminos? Matthew no lo sabía. De lo único de lo que estaba seguro es de que esa chica le gustaba, le gustaba desde el primer momento en que la vio. Conforme la había ido conociendo, todas sus virtudes y detalles fueron saliendo a la luz. Su simpatía, su toque divertido, su buen humor y su ilusión por las pequeñas cosas la hacían atractiva por dentro a la par que por fuera.
            Cuando la miraba, veía en ella algo que nunca antes había visto: esa persona a la que podría escuchar sin interrumpir jamás, esa persona que le había hecho olvidar que cualquier otra chica existió antes, ésa a la que echaba de menos diez minutos después de despedirse de ella aún habiendo estado todo el día juntos, esa chica con la que podía vivir la vida que él soñaba y no la que los demás esperaban de él. Estar con ella hacía que un día normal fuera el más maravilloso de su vida. Y al caer la noche, imaginaba cómo sería salir con ella, saber que ella sentía lo mismo que él al mirarle. Hablaría de ella hasta desgastarle el nombre, hasta que los demás se cansaran de escuchar. Sí, por ella, haría lo imposible, lo inimaginable, y lucharía para conseguir que en su vida no hubiera un solo día triste. No entendía cómo había pasado pero se había enamorado locamente de ella.
            A la vuelta de España, y especialmente después de la aparición de Sienna en su vida, Matthew había decidido acabar con las mentiras de su discografía: cortó con aquella otra famosa con la que lo relacionaban, pese a que nunca habían tenido nada, sólo roces de manos y falsos besos para las cámaras. Sin embargo, no pudo dejar de mentir, por miedo. Temía que Sienna dejara de tratarlo de la forma en que lo hacía si descubría que era cantante. Le preocupaba involucrarla en el mundo del famoseo, de los paparazzi y de las fans. Deseaba preservar la inocencia, la sencillez con que todo ocurría cuando estaban juntos. Deseaba enamorarla por él mismo y no por ser Matthew Levine, el cantante.
            Cada día se le hacía más difícil mantener la mentira y conseguir que ella no le descubriera. ¿Qué pasaría si ella se enteraba de quién era? Seguramente se enfadara con él por no habérselo contado. O igual le daba igual. Puede que se alegrara e intentara utilizarlo para hacerse famosa, como ya habían intentado antes otras chicas. Mil ideas corrían por su cabeza y le impedían tomar una decisión. Por eso, día tras día, rezaba para que nadie dijera nada en el colegio, para que la chica no lo viera en la televisión ni lo reconociera en alguna revista. Y, ante todo, rezaba que no se le acercara nadie por la calle a pedirle un autógrafo o una foto. Hasta entonces lo había conseguido, pero… ¿podría hacerlo mucho tiempo más?

miércoles, 12 de enero de 2011

Capítulo 44

            El pequeño restaurante estaba prácticamente vacío. Una camarera gordita de brillante pelo rubio preparaba café en la barra, un señor mayor leía el periódico. En la mesa junto a la ventana, una chica de unos quince años escribía en su portátil plateado. La televisión estaba apagada, por lo que tan sólo se escuchaba una canción de fondo, muy flojito.
            -Hola, Mandy –saludó Matthew.
            La camarera levantó la vista de la cafetera y le sonrió. Unas arrugas, delatoras de que su juventud ya quedaba atrás, aparecieron bajo a sus ojos. Dejó la taza de café a un lado y recibió al chico con un gesto cariñoso, colando sus dedos entre el pelo de Matthew y despeinándolo.
            Por primera vez en todo el día, el muchacho se liberó de las gafas de sol. Sienna había bromeado acerca de ellas varias veces pero, igual que ignoró sus inquisidoras preguntas relativas al cámara, el joven se limitó a decirle que sus ojos eran muy sensibles a la luz del sol y que debía llevar las gafas puestas en el exterior por prescripción médica.
            -Vaya, vaya. Si el pequeño Matthew se ha dignado a pasar por aquí. Creía que ya no frecuentabas estos barrios –la mirada del chico se endureció, suplicando que no dijera nada que le descubriera.
            Pese a que la camarera desconocía que Matthew le ocultaba a Sienna su trabajo, quién era realmente, comprendió la señal y no dijo nada más.
            -Sí, hace tiempo que no salgo, así que no he tenido mucho tiempo para visitarte –Mandy escuchó a Matthew a la vez que escudriñaba a la joven-. Por cierto, no os he presentado. Ésta es mi amiga Sienna. Sienna, ésta es Mandy, una amiga de mi madre.
            Sienna frenó el impulso de echar el cuerpo por encima de la barra para darle dos besos. Nada de besos en Estados Unidos, recordó. Tomó la mano que le ofrecía Mandy y la estrechó gentilmente.
            -¿Dónde podemos sentarnos? ¡Estamos muertos de hambre! –consultó Matthew.
            -¿Cómo te atreves a preguntar? –exclamó la camarera, indignada-. Ésta es tu casa, así que sentaos donde queráis.
            -¿Te gusta esa mesa? –esta vez, Matthew se dirigió a Sienna, señalando una mesita en una oscura esquina del restaurante.
            -Claro –aceptó ella.
            -¿Sabéis ya qué vais a tomar? –quiso saber Mandy antes de que se encaminaran al rincón.
            El chico miró a Sienna.
            -¿Qué quieres?
            -No sé lo que hay… -respondió ella.
            -Carne, hamburguesas, pescado, pizza –al decir la última palabra, Matthew sonrió.
            -Pues no sé… ¿Unas chuletas de cordero con patatas fritas? Es que no sé… tengo tanta hambre que me comería cualquier cosa.
            -Dos de chuletas entonces –pidió él-. ¡Y rápido, que si no me comerá a mí!
            La camarera se echó a reír.
            -Matthew, Matthew. Tan bromista como siempre. Nunca cambiarás –se alejó de los chicos y desapareció tras la barra.
            Una vez que estuvieron los dos en la mesa, Sienna comenzó a picar al chico.
            -¿Con que una amiga? Creía que sólo éramos compañeros de clase –el comentario cogió a Matthew desprevenido, que acababa de saludar con un gesto de cabeza a la chica del portátil.
            -Bueno, somos amigos, ¿no? Hemos hecho juntos un vuelo transoceánico, hemos compartido mi rincón favorito de la gran ciudad, te has arriesgado a recorrer las calles de Nueva York en un coche conducido por mí e incluso hemos cocinado juntos. ¿Qué es eso sino amistad? –su respuesta fue muy seria.
            -¡Que era una broma, tonto! ¡Pues claro que somos amigos! Aunque a veces seas un poco pesado y aunque me de la sensación de que te cachondeas de mí, te considero uno de mis mejores amigos –le informó Sienna.
            -Si tenemos en cuenta que Sienna Davis es una de las chicas más populares de clase, me tomaré ese comentario como un cumplido –comenzó a reaccionar él, a la vez que recuperaba su habitual sentido del humor.
            Hablaron largo rato y no dejaron de hacerlo ni siquiera cuando Mandy hizo su aparición estelar portando dos platos que desprendían un olor delicioso. Comieron entre risas, tal como cenaran varios días atrás, por lo que el tiempo pasó volando. Pidieron un brownie para compartir y juguetearon con las cucharillas cortando justo el trozo que el otro quería coger. Sin duda, lo pasaron bien.
            -Toma, cómete el último trozo, que tienes que hacerte grande –Matthew empujó con su cuchara la porción restante del postre y la aproximó a Sienna.
            -No, gracias –lo rechazó ella-. Estoy llenísima. Te lo regalo.
            Conforme hablaba, le guiñó un ojo. Estando con Matthew se sentía muy cómoda, muy tranquila. Sentía que podía ser ella misma, sin tapujos ni preocupaciones. Cuando estaban juntos, cada minuto era diferente al anterior, y esa sensación de que todo era posible y aceptable la hacía ser una chica distinta, más alocada y despreocupada.
            El chico la miró fijamente, insistiendo en que lo cogiera ella.
            -Mira, hacemos una cosa. Yo no lo quiero, así que mientras que voy al baño, tú te lo comes, ¿vale? Dile a Mandy que se lleve el plato en cuanto termines. Nunca sabré si te lo has comido y así no podré enfadarme porque hayas disfrutado del brownie más que yo –se levantó de la mesa sin darle opción a rechistar.
            Caminó hacia el lado opuesto del restaurante y entró en el cuarto de baño. Sienna miró el plato, sin saber que hacer. ¿Se lo comía? No tenía más hambre, pero Matthew le había insistido tanto que le daba lástima que ninguno se lo comiera y lo tiraran a la basura.
            Mientras decidía qué hacer, la chica del portátil, que había recogido todo y se disponía a abandonar el local, se acercó a su mesa y se sentó en la silla que segundos antes ocupara Matthew.
            -¿Cómo es? –le preguntó, directa.
            -¿Cómo es el qué? –Sienna estaba perdida; comenzaba a dudar si la había entendido bien.
            -Pues eso, que como es que te sonría, que te mire así.           
            -¿Quién, Matthew? –no sabía qué responder, sobresaltada aún por la inesperada pregunta.
            -¿Es que no te has dado cuenta de cómo te mira? –insistió la joven, perpleja.
            -No sé… normal, ¿no?
            La joven la miró con desprecio y después se puso de pie.
            -No sabes cuántas chicas darían la vida porque él les sonriera con la mitad de aprecio con que te sonríe a ti.
            Sin decir nada más, cruzó la puerta y se mezcló entre la gente que paseaba por la calle.

lunes, 10 de enero de 2011

Capítulo 43

Su insistencia fue vana, inútil. El chico no cesó de reír ni un solo momento ante sus interesadas preguntas, sin dar respuesta alguna. Se limitó a afirmar que su padre estaba muy involucrado con el mundo del espectáculo y que le había facilitado la cámara como material para el trabajo.
            -¡Parece que no vayas al St. Patrick’s, Sienna! –exclamó-. No me quiero ni imaginar qué hará tu amiguita Cindy con el proyecto. Tengo oído que le gusta mucho dar el espectáculo.
            Sienna estaba convencida de que el cámara sería algún compañero de trabajo de Matthew y se empeñaba en interrogarlo una y otra vez con la esperanza de que le desvelara su secreto. Sin embargo, él no le decía nada y continuaba con su mentira. ¿Por qué actuaba así?
            -Mark, saca un plano bueno de todo esto –el cantante señaló el edificio de cristal de las Naciones Unidas, con voz firme y resuelta.
            El cámara salió del vehículo con su instrumental a cuestas. No tardó en iniciar la grabación. En silencio, apuntaba las banderas, símbolo de orgullo nacional. Recorrió los estandartes de abajo a arriba y ascendió por la fachada acristalada despacio, con calma. Ninguno de los tres, habló, disfrutando de la paz a la vez que escuchaban el barullo de un nuevo día en Nueva York.
            Algunos viandantes, curiosos, les dirigían la mirada. Mujeres de negocios ataviadas con elegantes trajes de chaqueta y pantalón, con sus peep toes de altísimo tacón en la mano, caminaban luciendo unos deportivos viejos y desgastados. Hombres con maletín y americana que dirigían la vista al edificio, en busca del motivo de esa grabación. Ninguno paraba, pese a que la curiosidad les comía por dentro. Esa noche, cuando volvieran a casa del trabajo, buscarían en Internet qué había ocurrido en las Naciones Unidas, ignorantes de que se trataba de un simple trabajo para el colegio.
            En el exterior de la verja que les impedía el paso al terreno de la sede, un mendigo al que le faltaba una pierna intentaba llamar la atención de los turistas que habían madrugado aquel sábado para visitar la Gran Manzana. Al otro lado de la verja, tras él, se alzaba una pistola gigante con el cañón anudado. La imagen resultaba curiosa e impactante al mismo tiempo.
Ése era un buen lugar para comenzar a entrevistar personajes. Sin palabras, Sienna miró a Matthew. El chico meneó la cabeza. Se dirigieron al hombre que, harapiento, tendía su mano a todos los transeúntes que pasaban por su lado.
-Buenos días, señor, ¿podemos robarle unos segundos? –Matthew le habló con mucha educación.
-Mientras no me robéis las monedas y salgáis corriendo, con eso me sobra –la respuesta, burlona, los dejó trastocados.
Esperaban reticencia por parte del mendigo, enfado e incluso algún estufido, pero el hombre parecía estar más que dispuesto a hablar con ellos. Resultaba agradable ver que, a pesar de las circunstancias, aún quedaba gente agradable en el mundo.
            -Estamos haciendo un trabajo acerca de la vanidad y la perversión del ser humano y estaríamos interesados en hacerle unas preguntas –continuó Matthew, sin quitarse las gafas que le cubrían gran parte del rostro.
            -No hay problema, chicos, como veis no tengo mucho que hacer por aquí.
            Antes de comenzar a preguntarle su opinión acerca de los temas que se presentaban en el libro, se interesaron por él y por qué le había hecho acabar así, pidiendo en la calle. Les contó que había sido soldado hasta poco antes. Habló del conflicto de Afganistán, de la mina antipersona que le arrebató la pierna derecha y le privó de su vida anterior. Describió imágenes horribles, inimaginables para cualquier persona que no hubiera sobrevivido a una guerra. Narró hecho terroríficos, muerte, ira, desolación. Miedo.
            El cámara fijó el objetivo en el rostro del mendigo, quien hablaba sin apenas mirarlos, reviviendo cada instante.
            Algunos paseantes se pusieron a su alrededor, atraídos por la cámara y cautivados por la narración del hombre. Mientras escuchaba, Sienna notaba como el vello de sus brazos se ponía de punta. Hasta ese momento creía que conocía el dolor y la tristeza. Ahora comenzaba a entender que su dolor no era comparable al de tantas personas que no sólo veían morir a sus padres, a sus hijos, a sus seres más queridos, sino que también perdían sus hogares, sus recuerdos, sus sueños y sus esperanzas. La congoja la ahogaba; no era capaz de interrumpir al mendigo para hacerle las preguntas que, el jueves en la hora del descanso, Matthew y ella habían preparado para el trabajo.     
            El indicante habló, habló durante largo tiempo, hasta que por fin calló. Sienna continuaba paralizada por la historia. Por fortuna, Matthew reaccionó. Le dio la mano al hombre, al tiempo que le daba las gracias con la voz seria. Parecía reflexionar, meditar sobre todo lo que había escuchado. Cuando el pobre hombre le soltó la mano, la cerró en un puño y una sonrisa de oreja a oreja iluminó su rostro. Sin que nadie se diera cuenta, Matthew le había entregado un billete con el rostro de Benjamín Franklin pintado en el anverso.
            Los dos chicos, acompañados por el jovial cámara, se alejaron del hombre. La multitud de turistas, por otra parte, permaneció junto al hombre, hambrienta de historias. Sienna tuvo la impresión de que esa noche el mendigo no tendría problemas para ponerles un buen plato de comida en la mesa a sus hijos.
* * * * *
            Subidos en el discreto coche que Matthew conducía, recorrieron la ciudad entrevistando a personas de diferentes entornos y clases sociales. Los yuppies, esos hombres que corrían con el vaso de cartón de café en la mano de camino a alguna reunión, apenas pudieron dedicarles un minuto. Pese a encontrar a alguno más agradable, la mayoría les trataron con duro y desinterés. Hablaron con amas de casa que llevaban a los niños al colegio, a esa chica joven y pizpireta que paseaba los perros de todo su vecindario. Algunos testimonios les aportaron poco, otros fueron mucho más útiles, aunque ninguno tanto como el del antiguo soldado.
            Una vez que decidieron que poseían material suficiente para su trabajo, llevaron al cámara a casa. Se despidió de ellos en la puerta de un edificio humilde en el barrio de Brooklyn, con la promesa de que les avisaría tan pronto como hubiera montado las imágenes e incluido los carteles a pie de pantalla que Sienna y Matthew le habían comentado. Después, levantó la mano como despedida y se adentró en el portal.
            Por primera vez en todo el día, los dos se quedaron solos. Regresaron al coche, caminando sin pronunciar palabra. Ambos estaban cansados. No habían andado demasiado, pero la mañana había sido muy larga e intensa. Matthew entró en el coche con calma y cerró la puerta tras de sí. Sienna lo imitó, tomando asiento en el asiento de copiloto.
            -No sé cómo te atreves a conducir en Nueva York. ¡Es una locura! –atinó a decir finalmente la chica.
            -Me gustan correr riesgos, ¿aún no te has dado cuenta? –a la vez que respondía, le dedicó una amplia sonrisa-. Tú no sabes conducir, ¿no?
            -Qué va. En España tienes que tener dieciocho años para sacarte el carnet. De todas formas, mis padres siempre me decían que cuando cumpliera los diecisiete me enseñarían ellos a llevar el coche, pero mira… Los diecisiete los cumpliré aquí –se quejó Sienna.
            Cruzaron el puente de Brooklyn para regresar a Manhattan, el corazón del mundo.
            -Yo puedo enseñarte a conducir. Creo que no soy muy mal maestro –Matthew le guiñó un ojo.
            Sienna le miró asombrada.
            -¿En Nueva York? ¡Estás loco! Yo no toco el coche ahí ni para encender la radio.
             Los dos jóvenes se echaron a reír. Una vez dejaron de bromear, se oyó un ruido. Sienna se sonrojó. Le acababa de rugir el estómago. Miró a través de la ventanilla y deseó que el chico no lo hubiera escuchado. No tuvo suerte.
            -Igual conducir no te apetece, pero me juego el cuello a que de comer sí que tienes ganas, ¿verdad? Si es que… con una barrita energizante no tienes para todo el día. ¡Que no comes nada!
            -¡Sí que como! –rechistó Sienna; no sabía como lo hacía pero, con sus bromas, el muchacho siempre la hacía ponerse a la defensiva-. Esta mañana he desayunado un donut, pero con eso no tengo para todo el día. Además, la culpa es tuya por llevarme a sitios que huelen tan bien.
            -Vale, la siento, es mi culpa. ¿Qué te parece si te invito a comer para compensarte?
            Sin esperar a que la chica contestara, Matthew dio un volantazo y cambió de dirección. Condujo de vuelta a Brooklyn, lejos de las multitudes y de los agobios. La llevaría a comer a su restaurante preferido, uno pequeñito fuera de Manhattan. La comida era deliciosa allí y no solía haber mucha gente. Sí, ese sería el lugar perfecto. Lejos del ruido y del tráfico. Lejos de cualquier posibilidad de que le destrozaran la cita.

sábado, 8 de enero de 2011

Capítulo 42

Le prometió que volvería. Se despidió de ella con un abrazo fuerte y un beso en la mejilla.
-Adiós, modelo –sonrió, como tantas otras veces antes de echar a caminar lejos de ellos en el aeropuerto.
Le prometió que volvería, que en pocos días estarían juntos y cenarían fuera para celebrarlo. Sienna la creyó. Su madre nunca antes le había fallado. Sin embargo, esa vez se lo prometió pero se marchó y nunca más volvió.
A la hora de la cena, su silla permanecía vacía, quedaba el hueco de su plato y faltaban sus palabras y su risa. A la hora de dormir, su marido la llamaba entre sollozos, pero ella no estaba. Sienna quería creer que ella les cuidada para que nadie se les acercara en la oscura noche a hacerles daño. Sus sábanas olían a ella, a su dulce aroma a vainilla. Lo decía él, el hombre que más la había querido del mundo, el hombre que hubiera dado su vida por ella. Sienna le creía porque, cada día, cuando se levantaba y veía la cama de sus padres revuelta, desemparejada, sentía un nudo en la garganta, por estar en su dormitorio, su santuario, sin estar ella…
Muchas veces, si su padre no estaba, se dejaba caer en el lecho y rompía a llorar. Lloraba porque no habían podido despedirse, porque la echaba de menos. Todo la hacía pensar en su madre, su mejor amiga. En esas ocasiones, mientras las lágrimas recorrían su rostro y caían sobre las sábanas frías, pensaba cuanto desearía saber qué le había pasado. Su padre no se lo quería contar y esa incertidumbre la ahogaba, le provocaba un dolor insuperable. ¡Si al menos supiera la verdad!
Otros días, cuando papá le insistía para que saliera con sus amigas, ella lograba alejarse de la casa. Le mentía. Decía que estaría con ellas en el paseo marítimo, o viendo tiendas. En realidad, esas tardes tristes se dirigía al cementerio. Paseaba entre las lápidas, contemplando aquellos rostros gélidos atrapados en un segundo. Algunos sonrientes, otros más serios. Rostros que no tenían una segunda oportunidad, que se habían marchado para siempre. Los observaba atenta, con respeto, aunque atemorizada por la posibilidad de hallar en cualquier momento la foto de su madre. Miraba las tumbas más recientes, aún sin lápida, sólo con el cemento con que las taparon ese mismo día. Un nombre y una fecha escritos en su superficie. Nombres y fechas que para ella no significaban nada pero que para otras personas eran un mundo.
Si, la echaba de menos, pero sospechaba que no volvería. Su padre no la haría pasar por todo eso si su madre no hubiera muerto. La añoraba y le costaba seguir adelante.
Aquellos meses se sintió muy sola. No quería confesarse a nadie, ni siquiera a Merche, ya que no quería agobiar a los demás. Merche era su amiga y la quería, pero no la comprendía. La escuchaba, la consolaba… y al caer la noche volvía a casa, con su padre y con su madre. ¡Cuánto la envidiaba! Sus demás amigas suponían que ya debía estar bien y no disfrutaba de su compañía ya que pasaba el tiempo aparentando. Tampoco podía hablar con su padre, puesto que éste ya estaba bastante mal pese a disimularlo cuando sabía que ella lo veía y le escuchaba.
Cada noche, al acostarse, se acordaba de ella y de todos los momentos que pasaron juntas, de lo mucho que la quería y de todo lo que la quería su madre y no podía dormir. Le dolía el corazón.
                                                  * * * * *
El teléfono comenzó a sonar. La pareja mayor que desayunaba a su lado la miró, apremiante. El sonido ascendente la alejó de sus pensamientos y de sus recuerdos. Hacia tiempo que no pensaba en su madre, por lo que todo el dolor la había atacado de súbito, por sorpresa.
En la pantalla, aparecieron unas letras formando el nombre de Matthew.
-¿Sí? –preguntó, aún un poco perdida.
-¿Dónde estás? –escuchó al otro lado de la línea.
-¡Donde va a ser! En la cafetería donde hemos quedado. ¿Dónde estás tú?
-Sal a la calle.
Echó el móvil en el bolso y dio un último bocado a su donut de chocolate. Dejó un trocito muy pequeño en el plato. Agarró su vaso de leche caliente y, tras dirigir una sonrisa a la chica que la atendió nada más llegar, abandonó el local.
Frente a ella, el edificio de las Naciones Unidas se elevaba en el cielo, custodiado por las ondeantes banderas de distintos países. En los cristales de las ventanas, opacos, se reflejaban las nubes y el cielo. Detrás del edificio, el río Hudson.
Un coche pitó. Sienna buscó el vehículo con la mirada. En la esquina de la calle, se abrió una puerta oscura. Unos pies pisaron el suelo.
Caminó hacia allí para descubrir al dueño de esos pies.
-¡Buenos días! Perdona que te haya hecho esperar.
-No pasa nada –respondió ella.
-¿Qué seria estás hoy, no? –inquirió Matthew, con los ojos ocultos por sus enormes gafas de sol.
No supo como contestar. ¿Podría él comprender cuanto deseaba poder estar con su madre o la consideraría una niña?
-No te preocupes, sólo estoy un poco cansada –ocultó sus verdaderos sentimientos-. ¿Y la cámara?
-Está aquí –el chico señaló el interior del vehículo en que había llegado.
Sienna se asomó por la puerta. Dentro, un hombre cargaba unos bultos. Sobre sus rodillas reposaba una cámara grande, profesional. El hombre, vestido con unos vaqueros desgastados y una camisa a cuadros muy juvenil, la saludó con un gesto de cabeza y una enorme sonrisa.
La chica sacó la cabeza del interior del automóvil y clavó la mirada en Matthew.
-¿Y esto?
-¿Esto? Es un cámara –comentó, risueño.
-¡Sé que es un cámara! –Sienna rió; no sabía cómo lo hacía pero él siempre conseguía hacerla reír-. ¿Pero qué hace aquí?
-Va a grabar nuestro proyecto.
-Hasta ahí llego… Lo que no entiendo es por qué.
-Bueno… digamos que alguien me debía un favor –fue la única respuesta que recibió.

miércoles, 5 de enero de 2011

Capítulo 41

Su amiga estaba estudiando cuando la llamó por teléfono aquel día para quedar. No se vieron ni salieron a dar una vuelta porque la chica del pelo rizado aseguró tener muchos deberes.
En una única sola semana de clase, Sienna había descubierto que Abby, además de tener un corazón de oro y ser la mejor amiga que cualquier chica pudiera desear, era una enciclopedia andante, la chica más estudiosa y centrada del St. Patrick’s.
Sin embargo, el estudio y los deberes no impidieron que se mantuvieran colgadas al teléfono cerca de una hora, hablando y riendo sin parar.
Aunque nunca se había dejado guiar por las primeras impresiones, salvo en casos de amor donde el corazón siempre manda, Sienna estaba asombrada de la versatilidad de la chica: parecía tímida y tenía problemas para relacionarse con otras personas, pero cuando estaban solas, cambiaba totalmente. Poseía una pizca de dulzura e inocencia y ese punto de locura que adoraba de Merche, todo unido a un toque divertido y dicharachero que sólo mostraba a Sienna. Cuanto más la conocía, más afortunada se sentía de haber encontrado a una amiga así.
Lo mismo le ocurría con Matthew. El chico no mostraba ningún interés por relacionarse con el resto de compañeros de clase, por lo que podría creerse que era un muchacho frío y engreído, cuando en realidad se trataba de un chico sensible, divertido y sincero.
Al día siguiente, al ritmo de Carry on my wayward son de Kansas, los alumnos de último curso del St. Patrick School salieron corriendo del aula para aprovechar cada minuto del descanso. Matthew esperaba a Sienna apoyado en uno de los muros junto a la puerta de la clase. Algunos compañeros lo miraron de forma despectiva, pero él los ignoró.
Como si llevaran una eternidad sin verse, el chico besó a Sienna en la mejilla cuando ésta llegó a su lado.
-¿Has podido terminártelo? –fue lo primero que le dijo.
-Sí, anoche leí lo que me faltaba.
Tras finalizar la llamada a Abby, había pasado toda la tarde haciendo deberes. A las nueve hizo un parón con la intención de cenar y coger fuerzas, por lo que hasta cerca de dos horas después no cogió el libro. La luna veló por ella mientras leía y, aunque más de un par de veces estuvo apunto de caer en las redes de Morfeo, logró poner punto y final a la historia.
Se sentaron en la cafetería juntos en la cafetería, en una mesa vacía junto a la ventana.
-¿Qué quieres tomar? ¿Zumo, café?
-Nada, gracias. Ya he traído yo mi propio zumo –respondió al tiempo que lo sacaba del interior del bolso, junto al libro.
Matthew se marchó para volver poco después con otro zumo.
-No me va mucho el café –comentó-. Además, ya soy bastante nervioso como para meterme estimulantes en el cuerpo.
Entre risas y bromas, aprovecharon el tiempo del descanso para concretar los últimos detalles del proyecto. Pasarían el sábado juntos dando vueltas por la ciudad, en busca de sujetos a los que analizar para relacionarlos con la novela de Oscar Wilde. Hicieron una lista de lugares donde probablemente encontraran material útil. También destacaron las ideas principales de la historia: crueldad, envidia, egoísmo, despecho…
-¿Entonces llevas tú la cámara? –inquirió Sienna.
Si quedaba en sus manos, tendrían que acabar grabando con el móvil.       
-Claro, no te preocupes. Yo me encargo de todo.
Regresaron a la clase ante las miradas curiosas de algunas chicas más jóvenes, quienes suspiraban, celosas de Sienna. ¡Cómo desearían ser ellas como esa chica que acaparaba la atención del célebre y guapísimo Matthew Levine!

lunes, 3 de enero de 2011

Capítulo 40

-Tía, no te desanimes. Ya verás como con el paso del tiempo mejoras –la consoló Cindy el miércoles, a la salida de la segunda sesión de entrenamiento-. El domingo podemos quedar en mi casa para practicar y así la semana que viene ya te saldrá a la perfección.
Con el brazo de su amiga por encima de los hombros, Sienna caminaba a ritmo pausado. Agradecía la actitud de Cindy, pero nada le subía los ánimos. Aceptó la invitación con la esperanza de que ese domingo ocurriera un milagro. De ninguna otra forma conseguiría saliera de la casa de la rubia con una fuerza mayor y las destrezas de una animadora experta.
En la puerta del edificio, Dean las esperaba, apoyado en una de las columnas del pórtico.
-Hola, chicas –las contempló con picardía.
Cindy llegó a su altura. Al contrario que los últimos días, en que no había mirado a su chico a la cara ni una sola vez, esta vez se puso de puntillas junto a él y lo besó en los labios. El beso, largo y ardiente, impactó a Sienna. Desconocía que la pareja se había reconciliado.
-Hola, Dean –forzó un gesto alegre, confusa.
-Nos vemos mañana en clase, guapa –se despidió Cindy, abrazada a Dean, con una sonrisa en los labios-. ¡Y no te olvides de lo del domingo!
-Sí, claro. Que os lo paséis bien esta tarde. ¡Adiós! –añadió Sienna antes de echar a andar hacia casa.
Cuando se hubo alejado un poco de ellos, echó la vista atrás, con disimulo. Los dos seguían abrazados, unidos por los labios, hambrientos de deseo. Notó un fuego quemándole por dentro. Se le tiñeron las mejillas de rojo. Los celos la atacaban como nunca antes. Era lógico, ya que se trataba de la primera vez que veía a sus dos amigos tan cerca el uno del otro, y no únicamente en el sentido físico.
Deseo tener a Abby a su lado, esperándola en la esquina de la manzana o en la puerta del colegio. Cuando estaban juntas, descubría muchas cosas de sus compañeros y conseguía sacarse de la cabeza todos sus miedos y preocupaciones. Sin embargo, desde que empezó los entrenamientos, apenas habían podido verse. La chica tenía dos horas de club de lectura los martes, mientras que ella practicaba una hora los martes, miércoles y jueves al acabar las clases.
Pensó que la llamaría más tarde, al llegar a casa. Necesitaba desahogarse y, aunque apreciaba a Cindy, sólo con Abby podía hablar sin temor a ser juzgada o a tener que ocultar hechos.
Continuó avanzando hacia el apartamento mientras meditaba acerca de su vida: sus problemas para ser una buena animadora, la enorme cantidad de tareas pendientes para clase, la distancia que cada día era más palpable entre sus amigas de siempre y ella, el embrollo de sentimientos que la embargaban cada vez que dejaba de pensar.
Definitivamente, tenía que hablar con Abby. Tal vez la invitara a ir a su casa a charlar un rato. O mejor, si estaba libre, podrían dar una vuelta por la ciudad y olvidarse de todo y de todos. Ya tendría tiempo para los deberes.
* * * * *
Sus labios paseaban, ansiosos, por el cuello de Dean. Adoraba esa frescura que le envolvía al acabar de entrenar con los chicos, el olor de la colonia que utilizaba desde que comenzaron a salir. Era su aroma, un perfume preparado para él a petición de Cindy. Los contactos de su madre servían para esas cosas.
Los dedos del chico se movían descontrolados bajo la blusa de la jefa de animadoras.
-Cariño, espera, que estamos en la puerta del colegio.
-No puedo esperar. Estar a tu lado me pone nervioso –contestó él.
“Claro, estar a mi lado o al de cualquier otra”, juzgó Cindy. No respondió. Tan sólo siguió besándolo, cada vez de forma más apasionada.
Dean la pegó contra el pilar y le levantó los brazos. Ansiaba poseerla, hacerla suya ahí, en ese mismo momento. Sus cuerpos se rozaban y con cada caricia su excitación aumentaba.
-¿Nos vamos? –le susurró al oído.
Después le mordisqueó la oreja de esa forma que los años le habían enseñado a perfeccionar.
-Sí, vamos a mi casa –concluyó Dean-. Pero esto no va a quedar así, ¿eh?
Al formular esa pregunta, sonrió de forma franca. Cindy le devolvió la sonrisa.
Había decidido no darle más oportunidades a Dean, acabar con sus escarceos tan pronto como le resultara posible y descubrir la identidad de la última conquista de su novio. Descargaría toda su ira en esa chica. Sí, esa joven sería la diana de la rabia de tantos años de engaños e infidelidades. Nadie se entrometía en las relación de Cindy y Dean. Nadie.
-No, esto no va a quedar así –repitió ella.
Ya se encargaría de que las cosas acabaran como ella pretendía.

domingo, 2 de enero de 2011

Capítulo 39

El sonido del timbre la asustó. Había estado tan entretenida con la redacción que no se había dado cuenta de que ya era la hora acordada para la sesión de lectura.
-¡Hola Matthew! –le dio dos besos en cuanto tuvo al chico en el interior del apartamento.
El joven parecía cansado, aunque no le negó su preciosa sonrisa.
-¿Nos ponemos manos a la obra? –conforme pronunció esas palabras, se percató de las bolsas que el chico cargaba.
-Claro, cuando quieras. Pero dime primero donde dejó todo esto.
-¿Qué llevas en las bolsas? –su curiosidad resultaba evidente.
-He traído algunas cosas para la cena.
-¿Unas pizzas de Casa Tarradellas? –bromeó Sienna-. Me encanta la de jamón york, sólo que aquí no las he localizado.
-No son esas pizzas, aunque no vas muy desencaminada. He traído los ingredientes para que hagamos nuestras propias pizzas. El otro día vi que tenías una cocina preciosa e imaginé que no la habrías utilizado en muchas ocasiones, así que esta es la oportunidad de estrenarla –su voz era burlona.
El recuerdo de la comida con Dean cruzó la mente de Sienna. No dijo nada. Los chicos no parecían llevarse bien (ni siquiera se tenían agregados el uno a otro a Facebook) y no quería desencadenar una discusión o provocar una situación tensa.
-¿Se te da bien cocinar? –preguntó, con el objetivo de olvidar ese pensamiento.
-¿Bien? ¡Estás delante del mejor cocinero de Nueva York! –exclamó Matthew.
-¿Sí? ¿Qué eres, el Arguiñano americano?
-¿Quién? –pese a manejarse con soltura en español y haber pasado sus vacaciones en España, sus conocimientos de la cultura española no llegaban tan lejos.
-Nada, déjalo. Vamos a la cocina, que las bolsas tienen que pesar.
Matthew dejó las bolsas en la isleta de la cocina y comenzó a sacar cosas de su interior: masa congelada para pizzas, queso, jamón york, bacon, atún…
-¿Leemos ya o preparamos la cena primero? –consultó.
-Por mí podemos hacer las pizzas y mientras están en el horno echamos un vistazo al libro. En cenar seguimos leyendo.
-Como usted quiera, señorita Sybil –respondió a la vez que agitaba levemente la cabeza.
-¡Deja de llamarme Sybil, tonto, o yo empezaré a llamarte Dorian Grey! –Sienna empujó sin fuerza a Matthew, quien exageró el golpe y aulló de dolor-. ¡No te pases, que no ha sido para tanto!
Los dos se echaron a reír.
Comenzaron a preparar la cena. Mientras el horno se calentaba, los dos corrían de un lado a otro de la cocina cogiendo ingredientes. Como si de una competición se tratase, intentaban robarle el queso al otro cuando éste lo necesitaba o se echaban más de la cuenta sólo para fastidiarse entre sí.
Matthew agarró el bacon y levantó los brazos en alto para que Sienna no alcanzara.
-¡Dámelo! –ya estaban alborotados, por lo que los gritos iban subiendo de tonos.
-¡Tendrás que ganártelo!
-¡Déjame el bacon! –volvió a chillar ella.
-¡Cógelo, cógelo, cógelo! –continuó él con el juego.
A Sienna le dolía la tripa de tanto reír y creía que en cualquier momento no podría respirar. Además, estaba agotada de saltar y corretear sin parar. Matthew se dio cuenta de esto y se calmó un poco.
-Venga, toma –bajó los brazos.
En el mismo momento en que ella echó mano al paquete de bacon, él volvió a subir los brazos.
-Todavía no te lo has ganado –añadió, entre risas.
Sienna le miró con cara de enfado. El chico era un hueso de roer y, aunque no era mucho más alto que ella, le impedía llegar a la carne.
-Vale, pues no quiero –gruñó.
Comenzó a girarse, como si fuera a coger otra cosa. En cuanto el chico se despistó, ella se tornó de nuevo hacia él y empezó a hacerle cosquillas.
Matthew no podía parar de reír.
-¡He encontrado tu punto débil! –comentó Sienna, triunfante.
-¡Me rindo, me rindo! Toma el bacon, toma lo que quieras –sollozó, entre risas y lágrimas, Matthew.
Tras ese momento, los dos se tranquilizaron un poco y continuaron cocinando. Poco después sacaron unas humeantes pizzas del horno. El aroma resultaba tentador y auguraba una deliciosa cena.
Se las comieron en la isleta de la cocina, donde minutos antes habían añadido cada ingrediente. Pese a que estaba sucia y salpicada de queso, no les importó. Lo habían causado todo ellos en un momento de felicidad y eso confería al entorno una magia especial.
No habían dejado de hablar desde que entraran a la cocina, por lo que no agarraron los libros de Oscar Wilde hasta un buen rato después, cuando ya comenzaban a hacer la digestión.
Matthew había conseguido alcanzarla en el libro, así que leyeron un poco más. Les quedaban apenas treinta páginas cuando él interrumpió la lectura para anunciar que debía marcharse.
-¿Lo terminamos por separado? –preguntó ella en la puerta al ir a despedirse de él.
-Vale. Me encanta leer y cocinar contigo aunque no se te de también como a mí –se mofó el joven-, pero si no seguimos con la historia hasta el jueves se nos va a echar el tiempo encima ara hacer el trabajo.
-Sí, tienes razón –aceptó, un poco triste de verse privada de la compañía del cantante hasta quién sabía cuándo.
-El jueves puedo ir antes de clase y hablamos sobre el proyecto en el recreo, ¿qué te parece?
-Genial –sonrió Sienna-. Nos vemos entonces. Y muchas gracias por la cena. Me lo he pasado muy bien.
-Yo también –le correspondió Matthew-. Tenemos que repetirla pronto. ¡Adiós!
Cerró la puerta tras de sí y se perdió en el largo pasillo del edificio. Sienna lo observó por la mirilla hasta que el joven desapareció en el ascensor.
Al día siguiente comenzaría a entrenar con las animadoras y descubriría que el baile y las piruetas le encantaban, la pirámide y las actividades de fuerza no eran lo suyo. Llegaría a casa y lloraría al sentirse derrotada, inútil para el equipo, una carga.
Pero hasta entonces, podía degustar esa cena, y no sólo por las pizzas. Hasta entonces seguiría con su sonrisa en los labios y la imagen de Matthew, feliz y risueño, sólo para ella.